Esclavo de su propia creación

A menudo, la literatura nos regala curiosidades y paradojas inverosímiles. Un ejemplo se halla en la figura de Sherlock Holmes, quien logró traspasar la barrera de lo ficticio e imaginario y parecer tan auténtico como su propio autor. Incluso llegó a ser más reconocido que el mismísimo Sir Arthur Conan Doyle.

 

Conan Doyle detestaba al famoso detective ya que la popularidad de su creación le impedía centrarse en otros géneros literarios que satisficieran sus ambiciones. Es por ello que decidió acabar con la vida del protagonista, suponiendo que así finalizaría su tormento.

 

La sombra de Sherlock era tan gigantesca que, lejos de conseguir su propósito, lo que obtuvo fueron innumerables críticas y la pérdida de suscriptores en la revista donde se publicaban sus relatos.

 

Esclavo de su propia creación, Doyle, tras diez años, recuperó a su afamado (y odiado) personaje, concluyendo su obra con la saga “El archivo de Sherlock Holmes”, narrado por su fiel compañero el doctor Watson.   

 

El 7 de julio de 1930, fallece Conan Doyle, liberándose de las cadenas que le ataban al detective.

Por su parte Sherlock Holmes, sigue tan “vivo” como siempre. Es el personaje literario más adaptado al cine y televisión, e, incluso, sigue recibiendo cartas, procedentes de todo el mundo, por parte de sus admiradores.  

 

Debió ser muy doloroso que su propia invención lo desterrara a un rincón del olvido.  

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